Los inventos que nos han cambiado

Algunos dicen que lo que nos distingue de los animales es la risa. Para otros, la diferencia pasa por la capacidad moral de discriminar lo justo y lo injusto.

Hay, en cambio, quienes hacen hincapié en la complejidad de nuestro lenguaje, que nos ayuda no solo a informarnos mutuamente sobre cosas que ocurren a nuestro alrededor -algo que pueden hacer también miembros de otras especies-, sino que además nos habilita una serie de posibilidades exclusivas, como decir cosas que son contrarias a la verdad (al mentir); como inventar o crear mundos de ficción (y así hacer literatura); como realizar acciones mediante la mera pronunciación de ciertas palabras (por ejemplo, casar a una pareja con la sola mención de “Los declaro marido y mujer”) y como insultar o dañar al otro por medio de la palabra (decía Freud “El primer humano que insultó a su enemigo en vez de tirarle una piedra fue el fundador de la civilización”).

Sin duda todo esto es cierto, y también que la capacidad de razonar es privativa del hombre. A causa de ella, puede el ser humano mejorar su condición, progresar, hacer descubrimientos que cambien su vida, aplicar su ingenio a inventar objetos físicos o intelectuales que lo ayuden con sus tareas diarias, y legar todo ese conocimiento a generaciones futuras.

Desde la rueda -que fue condición necesaria para diseñar medios de transporte tirados por animales, y por lo tanto tan influyente en el comercio entre distintas zonas geográficas como en la construcción de edificios-, pasando por inventos más intangibles, pero verdaderos puntapiés de nuestra cultura, como el alfabeto (habilitador de la escritura), y el calendario, inventados hace más de 1000 y 500 años antes de Cristo, respectivamente, hasta la creación de instrumentos para la reproducción (y en consecuencia la democratización) cultural, como la imprenta, resulta casi vertiginoso pensar en todo lo que fue acumulando la humanidad como capital a lo largo de los siglos pasados.

Se trata a veces de hallazgos fortuitos, como el caso del dulce de lechemanjar o arequipe en otros países-, que, se dice, se creó por accidente cuando una criada dejó por demasiado tiempo una leche azucarada en el fuego. Pero, en general, no hay nada como la necesidad clara y determinada para agudizar la imaginación. Así es que las mujeres consiguieron para ellas a lo largo del siglo pasado inventos como la nevera o heladera (de 1911), la lavadora automática (1939) y (ya ocurrida la liberación femenina y la salida de la mujer del ámbito doméstico) las pastillas anticonceptivas.

Los últimos 30 años han sido especialmente productivos gracias al avance de la tecnología: las PCs personales y luego las portátiles, Internet para el público (lo que incluye mails, chats, blogs, redes sociales), celulares, cámaras digitales… Los más sofisticados inventos se propagan hoy en día en cuestión de años, e incluso meses, a dimensiones masivas: lo novedoso, en la actualidad, es también lo rápido que se difunden y popularizan los hallazgos.

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